Imaginar la república. Reflexiones sobre El federalista Claudio Alvarado( Ed.)

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Imaginar la república. Reflexiones sobre ‘El federalista’ explora este valioso texto desde distintos ángulos, buscando en él nuevas claves que iluminen las discusiones políticas e institucionales del Chile actual.

Desde una aproximación interdisciplinaria en la que convergen filosofía, historia y derecho, los autores subrayan la importancia del gobierno limitado, la necesidad de atender a los aspectos orgánicos de una constitución, y las bondades de un sano reformismo institucional, siempre a la luz de los célebres textos de Hamilton, Madison y Jay.

Prólogo
Claudio Alvarado Rojas1
¿Cómo hacernos cargo de las dificultades que experimenta la democracia
representativa a lo largo y ancho del orbe?
Quizás esa sea la pregunta política más acuciante de nuestros días, y
de ahí la inquietud que genera en un importante abanico de pensadores2
.
Después de todo, se trata de un hecho especialmente difícil de abordar,
tanto por la cantidad como por la complejidad de los aspectos involucrados:
debilitamiento de los Estados nacionales, decaimiento de la separación de
poderes, incremento de la jurisdicción internacional, auge de la inmigración,
demanda por espacios de democracia directa, etc. Naturalmente, el volumen
que introducimos no pretende ofrecer una respuesta acabada a tamaña
interrogante, pero sí busca acercarnos a una de las claves del fenómeno.
Siguiendo a Leo Strauss, puede decirse que una comprensión profunda de la
vida común exige —entre otras cosas— el estudio de los textos fundadores
de nuestro régimen. Si deseamos entender la naturaleza y magnitud de
los desafíos que hoy enfrenta la democracia, es imprescindible conocer
las razones que subyacen al origen y consolidación de las repúblicas
democráticas en el mundo contemporáneo. He aquí un primer motivo que
explica la publicación de este libro y de una traducción de El federalista
1 Subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Abogado y magíster en Derecho
Constitucional por la Universidad Católica de Chile. Profesor de Filosofía del Derecho en la
Universidad de los Andes (Chile) y de Derecho Político en la Universidad del Desarrollo. Autor
del libro La ilusión constitucional. Sentido y límites del proceso constituyente (IES, 2016).
2 Sólo a modo de ejemplo: Chantal Delsol, Populismos: una defensa de lo indefendible (Barcelona: Ariel, 2015); Marcel Gauchet, La democracia contra sí misma (Buenos Aires: Homo
Sapiens, 2004); Daniel Innerarity, La política en tiempos de indignación (Barcelona: Galaxia
Gutenberg, 2015); Alasdair MacIntyre, Ethics in the Conflicts of Modernity (Nueva York: Cambridge University Press, 2016); Pierre Manent, La razón de las naciones (Madrid: Escolar y
Mayo, 2009); y Bernard Manin, Los principios del gobierno representativo (Madrid: Alianza,
2010).
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por parte del IES: los momentos de crisis conducen la mirada al instante
fundacional, y las democracias modernas no son la excepción.
Pero hay más. Acá no reivindicamos un clásico cualquiera, sino uno muy
pertinente en el escenario descrito, en tanto El federalista logra superar una
paradoja que suele dificultar el análisis del régimen democrático. Mientras
algunos subrayan únicamente las virtudes de la democracia, las mismas
que enfatizan una y otra vez la cátedra democrática y constitucional
—representación del pueblo, soberanía popular, participación de los
ciudadanos—, otros contrastan esos principios, a partir del examen sociológico,
con la cruda realidad de los hechos: influencia de los poderes fácticos,
concentración del poder, desafección con la política. Si se quiere, allí donde los
primeros perciben la saludable expresión del demos, los segundos advierten
una opresión más o menos velada; y si los flagelantes apuntan a la evidencia
empírica inmediata, los complacientes miran a la historia y afirman, con
Churchill, que “la democracia es la peor forma de gobierno con excepción de
todas las otras que ya han sido probadas”3
. Es indudable que ambas perspectivas
pueden invocar argumentos plausibles a su favor, pero también que tal
constatación no sirve demasiado. Y aunque son varios los factores que explican
esta dicotomía, uno importante es la exaltación del prisma unidisciplinario que
exacerba, a veces hasta el cansancio, una visión unívoca o parcial de las cosas
humanas4
. En otras palabras, con frecuencia se olvida que la complejidad de la
vida social exige la concurrencia de muchos lentes y perspectivas a la hora de
escrutarla, sobre todo cuando de política se trata. Al menos desde Aristóteles
sabemos que ella está llamada a desempeñar un papel arquitectónico, es decir
—y si se me permite el lenguaje escolástico—, cuidar del todo social, pero
no sustituyendo sus partes, sino que potenciándolas. Pues bien, ya sea por la
distancia que Madison y Jay guardaban del racionalismo filosófico o por la
reminiscencia clásica de Hamilton5
, lo cierto es que El federalista representa
la antítesis de una mirada unidimensional en el estudio de los fenómenos
políticos. Ello en parte se explica por su afán de divulgación, que lo obligó a
3 Winston Churchill, Discurso en la Cámara de los Comunes, 11 de noviembre de 1947.
4 Para ahondar en esto, véase Pierre Manent, Curso de filosofía política (Santiago: IES, 2016), 35 y ss.
5 Ver Carlos Casanova, Racionalidad y justicia (Santiago: Globo, 2013), 170 y ss.
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considerar, al menos en parte, otra vieja enseñanza aristotélica: la necesidad
de expresar la realidad política a partir de un lenguaje comprensible para los
ciudadanos y no en una jerga de especialistas. Así, concebido en su origen
como columnas de opinión firmadas bajo el seudónimo de Publius, orientadas
a persuadir de las bondades de la Constitución de Filadelfia, no cabe reducirlo
a ninguna esfera del conocimiento en particular. Ni documento filosófico
ni jurídico, El federalista fue escrito en un contexto que hasta hoy despierta
interés en referentes de variadas disciplinas, particularmente en el ámbito de
la ciencia política y el derecho constitucional6.
Por todo lo anterior, a nadie debiera sorprender la convocatoria del
presente libro colectivo. La presencia de autores que cultivan la filosofía,
la ciencia política, el derecho y la historia no es azarosa, sino más bien la
necesaria consecuencia de asumir la interdisciplinariedad antes referida,
por un lado, y las singularidades de El federalista, por otro. Desde luego, estos
autores sólo indagan algunos de los múltiples elementos que atraviesan este
clásico, intentando relacionarlos —según su respectiva apreciación— con los
debates políticos e institucionales del Chile actual. Esta conexión tampoco
es fortuita, pues, como podrá comprobar el lector al revisar los capítulos que
siguen, las dificultades que enfrenta la democracia de nuestros días no son
el único motivo para reposicionar los textos de Hamilton, Madison y Jay en
nuestro ámbito. Pese a haber sido escrito hace más de 200 años en la entonces
naciente república norteamericana, su reflexión continúa vigente en muchos
sentidos y, en consecuencia, tiene bastante que decirnos a los habitantes
de este país de fin de mundo7
. A continuación quisiera resaltar brevemente
6 Por mencionar sólo un ejemplo reciente, téngase presente el libro de Michael J. Klarmann,
The Framers’Coup: The Making of the United States Constitution (Nueva York: Oxford University Press, 2016).
7 Debemos advertir que este libro no es el primer esfuerzo por acercar El federalista y su época
a la realidad criolla. A modo de ejemplo, puede revisarse: George Carey, “La sabiduría de ‘El
federalista’”, Estudios Públicos 13 (1984); Gonzalo Rojas, “Legalidad y legitimidad de los partidos políticos en los Estados Unidos de América, 1776-1801”, en VV. AA., Colección de estudios
jurídicos en homenaje al profesor Alejandro Silva Bascuñán (Santiago: UC y Red Internacional
del Libro, 1994); José Francisco García, “Tres aportes fundamentales de El federalista a la teoría constitucional moderna”, Revista de Derecho, núm. 1 (2007), y Jorge Ugarte, “Democracia
y derecho natural en Estados Unidos”, Estudios Públicos 119 (2010).
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tres aspectos específicos que muestran la relevancia que puede adquirir una
lectura atenta y meditada de El federalista para la discusión pública chilena.
En primer lugar, cabe señalar que durante los últimos años se han delineado
dos clases de aproximaciones al régimen democrático en nuestro país, muy
diferentes entre sí. Por cierto, no se trata de una división cuyo correlato sea
estrictamente partidista: a ambos lados del espectro hay quienes, valorando
la participación ciudadana y la expresión de mayorías legislativas, aprecian
también las limitaciones a todo poder político —incluido el legislador—
inherentes a una democracia constitucional. Pero si en los 90 las voces que
clamaban por algo así como una democracia pura eran marginales, en la
actualidad dichas voces han adquirido creciente protagonismo político8
.
Esto ha podido observarse con claridad cuando debatimos acerca de la
Constitución y del proceso constituyente, pero también en otras coyunturas,
por ejemplo, a propósito del papel que desempeñan entidades como el
Tribunal Constitucional (TC). Por supuesto es posible o incluso conveniente
discutir sobre las atribuciones y decisiones del TC9. Pero ¿cómo explicar que
varios herederos de la antigua Concertación —los mismos que festejaron el
5 de octubre del 88 luego de un plebiscito celebrado en condiciones acordes
a un Estado de derecho gracias a un fallo del TC— hoy señalen sin matices ni
distinciones que ese tipo de contrapesos institucionales reviste un carácter
antidemocrático por definición? Tras este último enfoque asoma el peligroso
aroma de una democracia pura o ilimitada. En términos esquemáticos, para
esta perspectiva la democracia consistiría única o principalmente en dar
expresión a la “voluntad general”, y por ello sus seguidores son escépticos
de aquellos mecanismos que tienden a controlar u orientar la expresión
de esas mayorías. Se trata de una concepción deudora de la interpretación
más extendida de Rousseau, que olvida —en palabras de Charles Taylor—
8 Una defensa de esta última posición en Fernando Atria et al., Democracia y neutralización
(Santiago: Lom, 2017). Una visión diferente, y a ratos crítica a la de Atria, desde del mundo de
centroizquierda, en Patricio Zapata, La casa de todos (Santiago: Ediciones UC, 2015) y Pablo
Ruiz Tagle, Cinco repúblicas y una tradición (Santiago: Lom, 2016).
9 Ciertamente cabe debatir con seriedad sobre la revisión judicial de las leyes, tal como el
propio Atria lo hizo en su minuto. Por ejemplo, Fernando Atria, “Revisión judicial: el síndrome
de la víctima insatisfecha”, Estudios Públicos 79 (2000).
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el “modo en que hombres y grupos se relacionan de acuerdo a intereses
contrapuestos”10, haciendo vista gorda a las legítimas diferencias que conlleva
la vida social. Y sobre todo, dicha concepción olvida la dolorosa lección de
los momentos revolucionarios, aquellos en que la “voluntad del pueblo” se
dejó ver en toda su dimensión: no por casualidad Benjamin Constant diría,
luego de sufrir el terror posrevolución, que “hay pesos demasiado agobiantes
para la mano de los hombres”11. Todo esto es relevante porque El federalista
puede ser comprendido como un dedicado esfuerzo teórico y práctico por
combatir la quimera de la democracia pura. Por esa razón, este volumen
colectivo comienza con tres trabajos (Arturo Fontaine, Daniel Mansuy y
Felipe Schwember) que analizan, desde distintas ópticas, las motivaciones,
alcances y dificultades que subyacen a la defensa de la república democrática
y representativa que articula Publius.
Una segunda arista digna de destacar consiste en el déficit de contenidos
de nuestra intermitente discusión constitucional y, por consiguiente, en cómo
El federalista puede contribuir a remediarlo, aunque sea en forma parcial. En
las pocas ocasiones en que el debate sobre la Constitución ha logrado avanzar más allá de procedimientos, asambleas y cabildos, la disputa inmediatamente se ha ubicado en el ámbito de los derechos. Esto no es fortuito. De una
parte, es sabido que hoy tendemos a llevar al lenguaje de los derechos individuales cualquier diferencia política relevante12. De otra, que durante las últimas décadas hemos presenciado un creciente traspaso de funciones y expectativas desde la sede propiamente política (ejecutivo y Congreso) al ámbito
judicial, ya sea que hablemos de proyectos de inversión de cierta importancia,
de los seguros privados de salud o de controversias ético-culturales de largo
aliento13. Guste o no, experimentamos un auge del protagonismo de los jueces en la toma de decisiones públicas. No es seguro, sin embargo, que aquel
10 Charles Taylor, Democracia republicana (Santiago: Lom, 2012), 21.
11 Benjamin Constant, Principios de política, I. Hemos desarrollado con mayor detalle este argumento en nuestro libro La ilusión constitucional (Santiago: IES, 2016), 54 y ss.
12 Para ahondar en esto, ver Mary Ann Glendon, “El lenguaje de los derechos”, Estudios Públicos
70 (1998).
13 Véase Jorge Correa Sutil, “La política comparece ante los tribunales. Judicialización y democracia en Chile”, en Societas 16 (2013).
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protagonismo esté exento de inconvenientes —hay carencias de legitimidad
y de capacidades institucionales—, y en cualquier caso no es la articulación que ofrecía la democracia contemporánea en su formulación original.
Como decíamos antes, dicha formulación se alejó de la democracia pura,
pero no por la vía de un gobierno de los jueces ni nada semejante. Influidos
por Montesquieu, que prevenía de aquel “terrible poder”, los autores de El
federalista apuntan sus dardos a los aspectos orgánicos de la configuración
constitucional, no a los catálogos de derechos14. Sin duda Hamilton, Madison y Jay reconocen y aprecian los “derechos inalienables” para cuya garantía se instituyen los gobiernos según la Declaración de Independencia, pero
también entienden que el mejor modo de protegerlos es una sana organización y distribución del poder en los más diversos niveles de la Unión que
pregonan: de ahí su énfasis en el federalismo y la descentralización. Se trata
de un enfoque que apunta, antes que todo, al adecuado funcionamiento
y estructuración de aquello que Gargarella denominará siglos después la
“sala de máquinas” de la Constitución. Esta aproximación a los asuntos
constitucionales no abunda en la cátedra nacional y, precisamente por eso,
reivindicar El federalista puede ayudarnos a adoptar una óptica que pierda
en lirismo lo que gane en eficacia. En este contexto se entiende la segunda
parte de la obra colectiva que acá presentamos. En ella el lector encontrará
dos trabajos (Sofía Correa y Sebastián Soto) centrados en elementos orgánicos, como son el régimen de gobierno y la separación de poderes, los que
son antecedidos por un texto (José Ignacio Martínez) que se detiene en los
presupuestos morales, políticos y jurídicos de ese énfasis tan característico
de El federalista y del primer constitucionalismo anglosajón.
En tercer orden, y en directa relación con los dos puntos anteriores, conviene reparar en el que quizás sea el mayor aporte no sólo de la obra de Publius,
sino de la revolución norteamericana en general. La comprensión de las causas y alcances de las modernas revoluciones políticas demanda un examen
desapasionado, entre otras razones, porque las consecuencias de los diversos
14 Ver El federalista 84.
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procesos fueron muy distintos entre sí15. Después de todo, mientras Tocqueville se maravillaba tempranamente del funcionamiento de la democracia
en América, Francia debió esperar hasta la consolidación de la Quinta República para alcanzar la plena estabilidad en el marco del régimen democrático.
Naturalmente, tal diferencia se explica por razones de diversa índole, pero
una importante fue —al decir de Hannah Arendt— que “lo que más asustaba en la práctica a los fundadores no era el poder, sino la impotencia”16. En
efecto, pese a que la construcción de la república norteamericana se aleja de
la ilusión de la democracia pura, la primera preocupación de los padres fundadores no fue restringir el poder, sino constituirlo en el marco del renovado
mundo político que emergía ante sus ojos. En palabras de la misma Arendt,
“el auténtico objetivo de la Constitución estadounidense no era limitar el
poder, sino crear más poder, a fin de establecer y constituir debidamente un
centro de poder completamente nuevo”17. Desde luego una de las principales
virtudes de esa creación fue asumir un uso racional, limitado y distribuido
del poder político, pero tal uso suponía previamente la articulación de una
institucionalidad que no existía como tal. Conocer esa particular experiencia
fundacional es relevante para nuestro país, y por eso este libro finaliza con
dos trabajos que buscan difundir diversos aspectos de ella (Roberto Munita y
Pablo Ruiz Tagle). Esa relevancia radica en que dicha experiencia es un ejemplo
privilegiado de auténtica creación política, pero no ex nihilo, sino a partir de
aquello que ya existía en ciernes, y no es imposible pensar que precisamente
algo así es lo que requiere el Chile actual. No se trata de reivindicar afanes
refundacionales que suelen ser tan ineficaces como dañinos, sino de advertir
que enfrentamos desafíos políticos e institucionales de gran magnitud, desde la bajísima credibilidad de nuestros parlamentarios hasta la paradoja de
contar con un Estado tan grande como débil, cuya más dramática expresión
es la crisis del Sename. Por lo mismo, Pablo Ortúzar no exagera cuando afirma
15 Para ahondar en esto, ver Wilhelm Röpke, La crisis social de nuestro tiempo (Madrid: El buey
mudo, 2010).
16 Hannah Arendt, Sobre la revolución (Madrid: Alianza, 2016), 249. Puede decirse que se trata de una inquietud propia del discurso republicano. Véase Andrés Rosler, Razones públicas
(Buenos Aires: Katz, 2016).
17 Ibid.
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que “la función del próximo gobierno no será la de simplemente ‘administrar’
el Estado: tendrá, de alguna manera, que reinventarlo”18.
Como siempre, los llamados a conducir esa reinvención son nuestros dirigentes políticos, y acá encontramos una última razón para reposicionar El
federalista en el debate chileno: en tiempos en que predomina la inmediatez,
la consigna fácil y lo que ha venido en llamarse la posverdad, bien vale recordar que en su minuto existieron hombres públicos como Alexander Hamilton,
James Madison y John Jay. Ellos no sólo protagonizaron los debates y cambios
de su época, sino que también fueron capaces de encarnar la alta política y
escribir una serie de textos que, pese a buscar persuadir a los ciudadanos de
Nueva York, se convirtió en un clásico del pensamiento político y constitucional.
Sólo me queda agradecer al equipo del IES y a los autores de esta obra. Sin
su valiosa colaboración no podríamos invitar al lector a conocer los diversos
aspectos de El federalista en los que podrán profundizar a continuación.